Dejar de castigar no es tan fácil como suena

No creas que nos tomamos con ligereza esto de dejar los castigos, como si se tratara de cambiarse los calcetines… sabemos que es harto más difícil que eso. ¿Sabes por qué? Porque desde el nacimiento, hasta los 6 primeros años de vida, el cerebro se encarga de recoger toda la información necesaria para sobrevivir en el ambiente donde está. Cada experiencia nueva que vive el bebé o el/la niño/a pequeño/a, se transforma en una red de conexiones neuronales. Si estas experiencias se repiten, las conexiones se fortalecen y solidifican, mientras que si no se repiten, se desechan. De esta manera, todas las experiencias constantes o significativas que viven las personas en su niñez temprana, quedan registradas en el cerebro como información de “cómo es el mundo y qué necesito hacer para sobrevivir”. Esta información queda almacenada en la mente subconsciente, que es la que nos mantiene a salvo cuando vivimos fuera del presente, es decir, cuando nuestra mente está pensando en otra cosa mientras actuamos de manera automática.

Considerando esta información, no es de extrañar que, si fuimos castigadxs en la niñez, lo primero que nos salga de forma espontánea ante el mal comportamiento sea castigar, porque es lo que nuestro cerebro registró sobre cómo se actúa en esos casos.

A esto le agregamos que el ritmo de la vida en la actualidad puede ser bastante estresante, si consideramos factores como el acceso a la salud, a educación de calidad, las exigencias laborales y las programaciones sociales. Muchas veces, sin darnos cuenta, estamos haciendo una cosa y pensando en otra. Y si eso en lo que estamos pensando nos conecta con emociones de malestar, como preocupación, miedo, rabia, etc. El cerebro detecta peligro y comienza a secretar cortisol, lo que nos deja en estado de alerta.

Cuando intentamos abordar una conducta o mala conducta, desde este estado de alerta y con la mente centrada en otros pensamientos, el subconsciente acude a los registros que tiene guardados para responder de forma automática, y sin regulación. esto se traduce en gritos, castigos, golpes o amenazas.

Y si además le agregamos el “deber ser”, entonces ya casi nos transformamos en robots de crianza, programados para responder de forma automática y sin conectar con el otro.

De todo esto tenemos que hacernos cargo cuando decidimos dejar de castigar. ¡Obvio que no es fácil! Pero lo importante no es eso, lo importante es el objetivo y lo que nos motiva a conseguirlo.

¿Cómo avanzar hacia mi objetivo?

  • Autoconocimiento: Saber cómo te sientes y qué necesitas es un buen comienzo. Cuáles son tus límites, qué puedes ceder y qué no transas, cuáles son tus metas en la vida, qué es lo importante para tí, etc.
  • Autocuidado: Va de la mano con el autoconocimiento y consiste en brindarte lo que necesitas, hacer valer tus límites, avanzar hacia tus metas, hacer aquello que es importante para ti, permitirte gozar, darte espacios para descansar, etc.
  • Olvidar el deber ser: Para que puedas conectar con las necesidades de tu hijx. Si piensas que “lxs niñxs de x añxs tienen que…” y te apegas a eso, nunca podrás conectar con las necesidades e intereses de tu niñx de x años, que no es parte de esa muestra y sigue siendo un/a niñx.
  • Estar en el presente: Abandona la costumbre de pensar en una cosa mientras haces otra. Así podrás responder de forma consciente en lugar de reaccionar de forma automática.
  • Establecer metas cortas: Es mejor que te propongas pequeños pasitos que puedas dar con seguridad, así te quedas con la sensación de logro, que te empujará a proponerte una nueva meta un poquito más elevada. Comienza con aquello que te hizo más sentido y desde ahí vas avanzando.
  • Tener muchas herramientas diferentes: para ayudar al cerebro a registrar nuevas formas de responder, diferentes a las que están programadas. Así, cuando descartas lo que te ofrece de forma automática, le muestras formas alternativas para que vaya guardando y registrando. Si las sigues usando se fijarán y consolidarán.

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