Desprenderse con amor

por Lynn Lott (Traducido por Ari Hurtado de Molina; adaptado al chileno por Paula Carmona)

La primera vez que mi hijo quiso subir hasta la parte más alta del resbalín fue la primera vez que recuerdo la sensación de desprendimiento. Él estaba listo, pero yo no. Era un chico cuidadoso, que no intentaba las cosas a menos que pensara que las podía hacer. Recordé las palabras de Dreikurs: “Una rodilla lastimada puede sanar, pero la valentía lastimada dura para toda la vida.” Inhalé profundamente y me retiré del resbalín, lo suficientemente lejos para darle la sensación de confianza y lo suficientemente cerca para atraparlo si se caía. Desde luego que le fue muy bien, y a mi también.

El evento no fue más fácil que la ocasión en la que llegó tarde a la escuela y me escondí entre los arbustos mientras él caminaba llorando hacia el edificio escolar, o la vez en que estaba listo para cruzar la calle sin mi ayuda y me escondí entre las plantas observándolo a una distancia segura, lista para brincar frente a él si llegara a aparecer un auto. Conforme fue creciendo, las oportunidades de desprendimiento se fueron multiplicando junto con su valentía y auto-confianza, y mi fe en que iba a crecer lo suficiente para llegar a ser un hombre viejo. Por supuesto que inventé mi red dorada imaginaria para que lo protegiera cuando yo no estuviera cerca, y hasta ahora ¡ha funcionado perfectamente!.