Reuniones familiares

por Lynn Lott (Traducción de Ari Hurtado de Molina)

Conocí la idea de las reuniones familiares en 1973 cuando mi hijo mayor tenía cuatro años y el menor dos. Recuerdo la primera vez que intentamos esta idea nueva. Mi marido, hijos y yo estábamos terminando de cenar y le preguntamos a nuestro hijo de cuatro años si había algo que quisiera sugerir para nuestra primera reunión familiar. Dejó la mesa y regresó con un montón de libros de la biblioteca que quería que le leyéramos. A pesar de que yo sabía que podíamos hacer mucho más que leer libros en una reunión familiar, sus ideas y las mías estaban más o menos al mismo nivel de sofisticación en ese momento.

Tuvimos reuniones de vez en cuando durante los siguientes 12 años y logramos mucho. Cuando mis dos hijos se fueron a la universidad, supuse que ese sería el fin de las reuniones familiares, pero el verano pasado mi familia dio un giro cuando mi hijastro de 16 años vino a vivir con nosotros. Había tantas cosas que resolver juntos que, a pesar de que éramos únicamente tres personas, teníamos una gran necesidad de tener reuniones familiares formales cada semana.

La primera vez que nos reunimos, cada uno tenía una idea distinta de lo que es una reunión familiar. Mi hijastro llegó pensando que era un lugar en donde los papás se sentaban con los hijos y les decían qué hacer y les daban sermones por meterse en problemas. Mi esposo acudía a la junta, contento de estar en familia. Era la primera vez que uno de sus hijos vivía con él desde que estaban en preescolar. Su idea de una reunión familiar era un lugar en el que las familias se juntan para ayudarse unos a otros, de forma que tenía muchas ganas de comenzar. Yo cargaba un bagaje mezclado. Por un lado recordaba las reuniones cooperativas y creativas en las que la familia trabajaba junta para resolver problemas y compartir ideas y sentimientos. Un ejemplo fue la vez en que los niños querían un aumento en su mesada y se pasaron cuatro semanas recopilando información, haciendo labor de convencimiento y armando presupuestos hasta que su padre y yo nos sentimos cómodos con aumentar su mesada. Recuerdo cuando hicimos nuestra primera tabla de tareas y las veces en que nos alternábamos planeando un postre especial para la junta. Todos esos recuerdos traían sentimientos cálidos y felices. Por otra parte, podía recordar las ocasiones en las que uno de nosotros dejaba la reunión llorando o enojado, o la frustración que sentía cuando no nos escuchábamos los unos a los otros y comenzábamos a echar la culpa a otros en lugar de respetarnos. Me sentía aprehensiva e incómoda pensando que eso pudiera suceder otra vez.

La mecánica de nuestras reuniones de familia postiza era muy sencilla. Manteníamos una agenda en el refrigerador y durante la semana agregábamos asuntos que involucraban a cualquier miembro de la familia, conforme iban surgiendo. Una lista típica en el refrigerador podía incluir “dejar las luces encendidas, ropa enmohecida en la lavandería, pago del seguro del auto, etc.” Nos reuníamos a la misma hora cada semana y comenzábamos nuestra junta con las felicitaciones o cumplidos y agradecimientos. Dedicábamos tiempo a cubrir los asuntos que ya estaban en la agenda, además de preguntarle a cada persona si había algo que quisiera agregar. Coordinábamos nuestro calendario, asuntos de dinero y tareas. Hacíamos que la noche fuera especial cocinando y cenando juntos  antes de comenzar la reunión. Con nuestras apretadas agendas, ésta se volvió una noche a la semana en la que podíamos garantizar poder pasar tiempo juntos, lo que era un gusto para todos.

Lo que para mi era realmente emocionante en estas juntas era cómo manejábamos nuestras dos reglas fundamentales: poner en práctica el respeto mutuo y mantener la honestidad emocional. Esto era tanto un reto como una experiencia de crecimiento para todos nosotros. El respeto mutuo implica permitir nuestras diferencias, alejarse de lo bueno y lo malo y de asignar culpas, así como respetar nuestros propios pensamientos y sentimientos y los de los demás. No acordábamos algo hasta que sintiéramos que podíamos vivir con ello. Cuidamos de nosotros mismos y no esperamos que los demás sepan leer la mente. Vemos los errores como oportunidades para aprender, crecer y volverlo a intentar. Esto no implica que hacemos esto al 100% o de manera perfecta, pero compartimos la meta de hacer las cosas de esta forma tanto como nos sea posible.

Hubo muchos retos que se resolvieron en nuestras reuniones, pero más allá de esto, veíamos las juntas como un proceso y un reflejo de cómo nos queríamos relacionar los unos  con los otros. Lo que se proponía una semana y parecía una buena idea, no siempre se veía tan bien cuando lo poníamos en práctica. Lo más importante para nosotros era trabajar en una atmósfera de respeto mutuo y honestidad emocional. Las reuniones no eran un sitio para forzar a alguien a hacer algo que no les gustaba realmente o que no aceptaba. Al contrario, eran un lugar para practicar el arte de la conversación, que de forma incidental, generalmente nos llevaba a la resolución de problemas.

Fue emocionante para mi cuando mi hijastro comenzó a usar las reuniones como un lugar en donde su padre y yo podíamos ser consultores. Sabía que nadie le iba a decir qué hacer o cómo pensar. Sabía que seríamos honestos con nuestros pensamientos y sentimientos, pero que lo que decíamos era para que lo meditara y le ayudara a llegar a sus propias conclusiones. Cuando él puso un asunto en la agenda para que pudiéramos ayudarle a pensar lo que iba a decidir, yo sabía que realmente habíamos progresado. No tenía que resolver  todo por sí solo ni rebelarse o someterse por miedo. Reconocía el valor del trabajo en equipo y de las ideas distintas y sabía que aún conservaba el poder sobre su propia vida.

Si los padres pueden dominar el arte de la honestidad emocional y el respeto mutuo, escuchar sin componer, criticar, juzgar o defender, entonces la reunión familiar puede ser una herramienta invaluable de comunicación, resolución de conflictos, planeación conjunta y buenos sentimientos en general en una familia.